viernes, 15 de abril de 2016

                                                                 El Viaje

El sábado a la mañana muy temprano Alicia se preparó para salir hacia la ciudad. Iría en tren. Necesitaba ese tiempo hasta llegar. Iba a ver a su amiga, de quien se había distanciado hacía cuatro años. Durante ese lapso sólo se vieron en el velatorio de Adolfo. Para Alicia fue muy importante que su amiga estuviera allí a pesar de la distancia que sin dar motivos habían decidido tomarse. Ahora la invitaba a su casa porque quería hablar con ella.
Necesitaba pensar, pensarse y sentirse profundamente antes de ese encuentro.
Tomó su bolso, su cartera y su abrigo. Se fijó muy bien que quedaran las ventanas trabadas, las luces apagadas y –sobre todo- la llave del gas cerrada.
Mandó un mensaje de texto a su hija, recordándole que se iba.
Sentía una sensación muy extraña que hacía años no experimentaba. Si hubiera tenido que localizarla en el cuerpo, sería en el estómago. No sabía si era algo totalmente agradable, era tan intenso que no podía siquiera descifrarlo.
Caminó hasta la estación y se sentó a esperar, mientras recibía el mensaje de su hija: “mamá pasala lindo. Te va a hacer bien encontrarte con Lili. Mandale beso grande. Besos para vos.” Lo miró, sonrió y lo guardó en el un bolsillo de la cartera con el propósito de no volver a ver ni escuchar el celular.
Subió al tren y se sentó. En ese momento intencionalmente se entregó a recordar todo lo que habían compartido con Lili. Una a una fueron encadenándose las imágenes de la infancia: Ambas comiendo las moras que cortaban del árbol de la vecina. ¿Cómo les podían gustar tanto?, las comían calientes por el sol y jugaban a pintarse la boca pasándose el jugo por los labios.
 Las tardes a orillas de la laguna cantando canciones que inventaban y mojándose los pies.
El día que murió la abuela de Lili y se escaparon corriendo para no tener que verla muerta.  Qué locura llevar a una niña tan pequeña a ver el cadáver de su abuela en la propia casa de la vieja, en el mismo lugar donde tomaba la merienda con ella! Que suerte haber podido evitarlo.
Las noches en que se quedaban a dormir una en casa de la otra y las madres chistaban varias veces para que hicieran silencio.
La noche en que al regreso del cumpleaños de 15 de Laura, las dos habían besado por primera vez a un hombre. Ja! Un hombre! Eran dos muchachitos de la misma edad que ellas. Cómo se rieron aquella noche!
Ese febrero en que fueron a la ciudad a buscar un departamento para irse a estudiar. Fueron juntas  a anotarse: Lili en Letras y ella en Magisterio.
Los años que pasaron juntas. Su casamiento con Adolfo, el nacimiento de Lucía…
Y las imágenes siguieron, hasta que eso que fluía se interrumpió, lo detuvo un pensamiento: tal vez no haya estado jamás enamorada de su marido, pero habían sido buenos compañeros, eran organizados,  estaban de acuerdo respecto a  la crianza de su hija. Habían vivido muy buenos momentos... Por qué Lili nunca quiso entenderlo? Por qué no quería aceptar que para ella había estado bien, que no quería ni necesitaba nada más?…En ese momento rompió en llanto… Y aparecieron otras ideas, que no pudo detener… sintió que eso de lo que Lili quería hablar era aquello que desde los dieciocho años nunca quiso escuchar. Eso que siempre supo, pero nunca lo pudo pensar. Hasta Adolfo se lo había dicho y ella se enojó  muchísimo. Pero entonces, con casi 60 años, comenzó a sentir que algo en ella empezaba a ser diferente, que nada la demoró en la decisión de ese viaje que estaba haciendo. Que desde que su amiga la llamó cada paso que dio fue natural, inevitable…
Y ahora estaba allí, en ese tren, yendo al encuentro con su amiga, con su historia y con su presente. Estaba extrañamente feliz, rumbo a lo inexorable. Sentía una confianza en ella misma que desconocía.
Faltaban dos estaciones. Se quedó dormida unos minutos. Se despertó. Sacó de su cartera el espejo y se retocó el maquillaje.
Bajó del tren y caminó algo ansiosa las dos cuadras que separaban la estación de la casa de Lili.

Tomó aire y tocó el timbre con la certeza de que en ese instante su vida comenzaba a cambiar para siempre….
                                                                 EL DÍA SEÑALADO

El médico le dijo que se quedara tranquila y que esperara afuera. Su madre presentaba un cuadro delicado. Ella, tan obediente, se retiró con tranquilidad y se sentó en esas sillas en hileras, frente a las pantallas de canales de noticias.
El notero intentaba hacer hablar a la madre de un joven asesinado. La inseguridad. Cuan ajena le era esa palabra, esa sensación! Si algo había tenido siempre era certezas.
Esa mañana sabía que su madre moriría. Aunque era una práctica muy frecuente para ella llevar a su madre al médico,( turnos con especialistas, viajes a otras ciudades, médicos de renombre, urgencias) sabía que ese era el día. Su madre elegiría para morir la víspera de su cumpleaños. Ana cumplía 45 años. Además, en las pantallas acababa de ver que se anunciaban lluvias. Era perfecto: en un día gris en el que cumplía años enterraría a su madre[m1] .
Al velatorio concurrirían sus compañeros de trabajo.
Recibiría los desconsolados saludos de las hermanas de su madre.
Vendrían algunos de sus primos y unos pocos familiares por parte de su padre.
Estarían las amigas de la iglesia. Rezarían un Rosario. Ella permitiría la presencia de esa música, como telón de fondo.
 Ella saludaría a todos. No perdería la calma.
Realizaría cada uno de los ritos tal como el protocolo cultural lo señalara, como si fuera el destino…
 No la iba a cremar. Era necesario cumplir con la voluntad de la muerta, si deseaba realmente dar comienzo a su vida. Era indispensable que ese alma pudiera descansar.
Viajaría en el auto fúnebre hasta el cementerio con sus tías.
Pocos hombres para trasladar el cajón.
En el momento del entierro seguramente lloraría. 
Pondría flores.
Se retiraría del lugar del brazo de las amigas de su madre, escuchando el murmullo de sus lamentos. Caminaría lento y con paso seguro.
El médico de la guardia se demoraba más de lo habitual.
Luego del entierro llegará a casa y abrirá las ventanas de par en par. Sacará los pequeños adornos de cerámica, las flores artificiales.
Pondrá cerveza y vinos en la heladera.
 Esperará con ansias los fines de semana y las vacaciones.
 Caminará por las calles del centro sin destino hasta cansarse y  entrará en las boutiques a probarse ropa.
Volverá tarde. Leerá y mirará películas por las noches.
Llegará un hombre. Se despertará viéndolo dormir en su cama. Se dirán las estupideces que se dicen los enamorados.
 Planearán un viaje, una casa.
La sala se ha llenado de gente. Hay un pobre hombre con rostro dolor, un anciano que tiembla, pálido, acompañado de una mujer joven,  una mujer con varios papeles en las manos…
En las pantallas de televisión se habla de cómo poner límites en la crianza de los niños.
Se abre la puerta de la sala de guardia. Ana se pone de pie y se acerca con una sutil sonrisa. El médico coloca la mano en su hombro y le dice “Tu madre tiene un corazón débil, pero una voluntad de hierro. Tenés que acompañarla mucho esta noche. Por hoy la vamos a dejar internada”. Ana lo mira. Con la sonrisa dibujada y los ojos llenos de lágrimas asiente con la cabeza y le agradece…






 [m1]
Tamara Sparti.